Sobrehumanos
¿Qué tienen en común ocho mil millones de personas con las moléculas de aire en una habitación?

No soy nadie
Casi no soy nadie. Muy poca cosa. Lejísimos del número uno.
Me gustaría ser el mejor del mundo en algo, pero cuando levanto la cabeza veo una fila que se extiende frente a mí y hacia arriba. Comprendo lo absurdo de mi capricho, es poco frecuente y se va pronto, pero cuando veo un video de alguien balanceándose de cabeza en bicicleta mientras pinta la Mona Lisa, o leo una biografía de Marie Curie o de Juana de Arco, me infecta la comezón de no ser ni siquiera excepcional en algo. Al mismo tiempo, me convenzo con fervor: "para qué hago X si alguien pudo hacer Y al 100%... Y yo ni siquiera araño el 60%".
Hoy compito contra ocho mil millones de personas conectadas en tiempo real. Enciendo mi teléfono y miro a un pianista de nueve años interpretando a Chopin con una técnica superior a la de los maestros del siglo XX. Sonrío.
¿Entonces qué son Einstein y Leonardo da Vinci? ¿Algo distinto a nosotros?
21 °C
En este momento que lees, ¿estás dentro de una habitación? ¿Con calor o frío, o a gusto? Aquí, justo ahora que lo noto, el indicador de temperatura sobre mi escritorio dice 21 °C. Agradable. Por favor, pregúntate la temperatura del lugar donde estás. Después, conjetura a cuántos grados se encuentra cada metro cúbico del aire que te rodea… No es uniforme, ¿verdad? Varía un poco, de seguro. Por último, hagámoslo a nivel molecular.
El número de grados que sentimos y medimos es una propiedad emergente del sistema entero. Las moléculas no tienen una temperatura individual, aunque es posible expresar su energía de movimiento como una temperatura equivalente en grados Celsius.
Alrededor de mí, las moléculas chocan; algunas pierden impulso y se arrastran con energías cinéticas casi equivalentes al cero absoluto (digamos -270 °C). Otras, un puñado y por un tiempo brevísimo, cobran ímpetu y vuelan a velocidades que corresponden a miles de grados, no tan lejos del calor abrasador en la superficie del Sol, 5 500 °C.
21 °C es el promedio1 de la energía de movimiento de cientos de cuatrillones de moléculas de nitrógeno, oxígeno y demás que justo ahora se agitan en mi habitación. En el promedio, tendemos a existir tú y yo.

La curva
La distribución de Maxwell-Boltzmann describe esta realidad con elegancia: una curva asimétrica con una joroba y una cola que se extiende a la derecha hacia las velocidades extremas. La mecánica estadística no pretende que las moléculas sean idénticas. Como nostros, cada una trae consigo su propia historia de colisiones, su trayectoria irrepetible y su cono de luz único. Lo que dice es algo más modesto y más potente. Que para calcular la temperatura, las historias individuales son irrelevantes. La curva describe al sistema mientras que la trayectoria describe a la molécula.
La humanidad exhibe una curva similar en cada campo que medimos. Entre más nos apartamos de la física, hacia la biología y la sociedad, crece el valor de las trayectorias individuales, la cultura y el entorno. Aparecen amplificaciones históricas, momentos oportunos y factores multiplicativos personales. La curva desarrolla una cola pesada, mucho más larga que la de un gas ideal, y en ese extremo de la distribución existen temporalmente los sobrehumanos.2
Proezas milagrosas
Me gusta correr. A los trece años era el más rápido de la escuela. El cuarto lugar en el municipio. Semifinalista en la provincia. Un participante más en la región. Casi invisible en el país. Inexistente en el mundo. Cada nivel de competencia era un filtro que recortaba la distribución. Y yo, que me sentía supersónico, descubrí mi posición real en la curva completa. Usain Bolt devorando la pista me puso la piel de gallina. ¡Correr 100 metros en 9.58 segundos!
La relevancia global es una ilusión estadística. La cola derecha se extiende porque las variables que determinan a la mejor persona en un campo se multiplican entre sí. Bosquejemos el ejemplo de dos corredoras en la pista: una con ligera ventaja por encima del promedio en ocho factores relacionados y la otra con una ligera desventaja. Incluso una actividad tan simple depende de docenas de variables. El promedio en cada variable es 1, es decir 100%, y la diferencia en cada factor será de 0.1, 10%.
Velocidad tope ≈ capacidad de entrenamiento × poder de recuperación × proporción de fibras musculares rápidas × motivación × densidad mitocondrial × eficiencia biomecánica × calidad del entrenador × coordinación neuromuscular
Rendimiento de la primera: 1.1⁸ = 2.14
Rendimiento de la segunda: 0.9⁸ = 0.43
Las ventajas pequeñas de una corredora significan un rendimiento cinco veces superior al de la otra.

Einstein vivió un “año milagroso”. Sí, Annus mirabilis es el término particular usado para referirse al periodo en que publicó cuatro artículos fundamentales. En 1905, redefinió la materia, la luz y el tiempo: estableció que la luz tiene naturaleza cuántica, confirmó la realidad física de los átomos, formalizó la equivalencia masa-energía (E = mc²) y sustituyó las nociones clásicas de espacio y tiempo absolutos. A los 26 años de edad.3
Einstein reunió ventajas en docenas de atributos específicos, innatos y adquiridos, con un entorno singular. La condición necesaria fue la temperatura de su habitación. Es decir, la infraestructura intelectual en Europa y la cultura científica acumulada en parte de esa región del mundo hacia finales del siglo XIX. Sin ese subsistema, la historia sería otra. Si no “Einstein”, pronunciaríamos otro nombre con reverencia similar.4
Ser sobrehumano, lejos de la perfección, apunta hacia la improbabilidad. Viven en la misma curva, aciertan y meten la pata sujetos a las mismas leyes.5
El posible adyacente
Los multiplicadores y la agencia de Juana de Arco fueron descomunales: carisma, convicción religiosa, visiones, audacia, autoridad paradójica a los diecisiete años… condensado en un momento histórico crítico: la guerra de los Cien Años, un país roto, una monarquía débil, una población subyugada y hambrienta de narrativa divina. Su vida y su sacrificio en la hoguera la convirtieron en una sobrehumana de la historia. En una Francia estable, es una campesina mística. En su Francia resquebrajada, fue agente y símbolo de renacimiento.
El ejemplo actual del atletismo es Mondo Duplantis, campeón mundial de salto con pértiga. Su abuelo materno, Lars-Ake, fue competidor nacional de salto de pértiga durante décadas. Su madre, Helena, fue heptatleta con marcas formidables en salto de altura y de longitud. Su padre, Greg, fue un saltador de pértiga de élite mundial. La plataforma familiar y comunitaria es la temperatura de la habitación en ciertos campos de habilidad humana. Duplantis nació con talento y empezó a saltar a los tres años de edad, en condiciones refinadas para su prueba. Su hogar fue un microclima con temperatura abrasadora. Hace tres días saltó 6.31 metros.
Los atributos personales de los sobrehumanos coinciden con la frontera de lo posible.6 El terreno define dónde pueden formarse montañas y el individuo determina qué tan alto sube la cumbre.7
Impacto ≈ multiplicadores personales × adyacencia
Somos más que moléculas
En mecánica estadística, las moléculas son intercambiables. Gracias a la complejidad anidada,8 los seres humanos contamos con tres características extraordinarias bajo las que se agrupan miles de atributos y rasgos: inteligencia, talento y agencia.
La inteligencia es la capacidad de modelar el mundo y resolver problemas. En gran parte heredada, se expresa dentro de un entorno cultural. El talento tiene un componente innato que la práctica deliberada revela y optimiza. La agencia es la decisión de actuar; incluye motivación, persistencia, templanza ante el riesgo y otros atributos. También implica exponerse voluntaria y repetidamente a situaciones asimétricas: más intentos, más tiempo en la frontera, más probabilidad de un resultado de cola.9
Si hubiera que elegir una sola característica, no sería la inteligencia ni el talento. La agencia activa la ecuación y es indispensable. La “buena suerte” parecería ser otro factor decisivo. Tan solo es el nombre que disfraza eventos cuyas causas no comprendemos o no controlamos.
Tu cono de luz
Tu existencia crea posibilidades. Sin los individuos “normales” que chocaron con Einstein10 no hay 1905.
En física relativista, el cono de luz de un evento define todo lo que ese evento puede causar y todo lo que pudo haberlo causado. Nada fuera del cono puede influirlo ni ser influido. Es el horizonte causal de la existencia.
Tú tienes un cono de luz.
Cada palabra que dijiste, cada gesto que dibujaste, cada decisión que tomaste o dejaste de tomar, propagó consecuencias a la velocidad de la vida. Hay conversaciones que ocurrieron porque estabas ahí. Hay ideas que alguien tuvo porque leyó algo que compartiste, o porque conoció a alguien que te conoció a ti. Hay personas que existen porque eres, porque has sido. Si te eliminas de la distribución, la temperatura del cuarto apenas cambia. Pero el aire de la habitación ya no es el mismo... ciertas colisiones específicas, ciertos encuentros y ciertas cadenas causales desaparecen para siempre.
Los sobrehumanos no existen sin los humanos. Y tu cono de luz, aunque invisible para los libros de historia, es absolutamente irreemplazable para algo y para alguien. La mecánica estadística elige ignorar nuestra trayectoria. Tu cono de luz demuestra que existe.
¿Cuál es mi lugar? Estoy en la curva; mi existencia predice las posiciones de personas cercanas a mí. Hay interacciones en mi cono de luz que nadie más puede causar. No rompo récords pero corro con el viento en la cara y a cada zancada imagino que empujo el planeta bajo mis piernas. Soy una insignificancia estadística y una indispensabilidad causal.
Tú, ¿te comparas con el récord mundial o con tu amiga? ¿Con Cervantes o con los artículos recomendados? ¿Con los 115 mil millones de personas que han existido en la historia de nuestra especie o con el círculo local donde tu existencia reverbera?
Y, si nadie pudiera verte... si no existieran cámaras, ni internet, ni listas, ni likes, ni aplausos, ¿qué actividad te absorbería?
La estadística dice que casi nadie es sobrehumano. La física dice que todos somos necesarios. Tender al promedio es tu destino estadístico. Ser absolutamente indispensable es tu realidad física.
Si quieres ver explorar esta idea, aquí esta el botón. Es un primer minilab interactivo; ¡mejorará!
Nos ausentamos más de lo previsto. Fueron varios meses de dispersión, pero Nuevas Ciencias regresa con ideas frescas. Gracias por estar aquí y por leernos.
Para Yosce, mi hermana, que eligió el tema.
La temperatura de un gas es proporcional a la energía cinética promedio de sus moléculas. El teorema de equipartición de la energía nos permite invertir la relación y asignarle una temperatura equivalente a una sola molécula a partir de su velocidad. La superficie del Sol está a ~5 500 °C. En mi habitación a 21 °C, un puñado de moléculas vuela, por instantes brevísimos, a velocidades cuya energía equivale a más de mil grados. Esto es posible porque en una habitación de ~30 m³ hay del orden de 10²⁷ moléculas.
Hay tres cosas que se complementan para explicar la aparición de sobrehumanos en las poblaciones humanas: las distribuciones de cola pesada, los procesos multiplicativos y la teoría de valores extremos. La normalidad no es el centro exacto de la distribución, sino el lugar donde vive la mayoría.
1905 es el año más asombroso en la historia de la física escrita. Einstein explicó el efecto fotoeléctrico con cuantos de luz, fundamentó el atomismo mediante el movimiento browniano, derivó la equivalencia masa-energía y sustituyó el espacio y el tiempo absolutos por la relatividad. Pero la genialidad de Einstein en la física se extendió mucho más allá de su año milagroso. A finales de 1915, dio sus famosas conferencias sobre relatividad general y publicó sus ecuaciones. En 1935, definiría características fundamentales de la física cuántica con dos artículos conocidos como EPR y ER: las bases de la paradoja del entrelazamiento cuántico y la existencia teórica de puentes o agujeros de gusano que conectan puntos distantes del espacio-tiempo.
Einstein no fue una isla. Para 1905, ya habían nacido cerca de cien mil millones de seres humanos:
La mitad murió antes de los 15 años.
Poquísimas personas crecieron en condiciones aptas para avanzar teorías de física fundamental. A la cazadora-recolectora con infecciones estomacales crónicas, embarazada por primera vez a los 17 años y con una vida promedio de 30 es imposible exigirle revoluciones científicas.
Newton, otro sobrehumano de la física, existió. En sus propias palabras: “Si he visto más lejos, es porque estoy de pie sobre los hombros de gigantes”.
Mileva Marić, matemática y primera esposa de Einstein, discutió sus ideas a fondo y vivió a su lado durante los años decisivos.
De 1895 a 1904, Hendrik Lorentz estableció sus transformaciones, que detallan la geometría del espacio-tiempo y son requeridas por la teoría de la relatividad especial.
Como cualquier otra persona, Einstein se equivocó una y otra vez. Cometió errores en astrofísica, en mecánica cuántica, en su vida personal. Introdujo una constante cosmológica en sus ecuaciones pero la abandonó tras, supuestamente, llamarla “su mayor error”. Sin embargo, décadas después se descubrió que el universo se expande de manera acelerada, como puede describirse mediante una constante cosmológica.
El conjunto de nuevos estados que se pueden alcanzar cuando cambia el estado actual de un sistema. En otras palabras, la evolución (biológica, tecnológica, etc.) solo puede dar el siguiente paso lógico disponible en su entorno. Stuart Kauffman nombró este concepto en su libro The Origins of Order, 1993.
El posible adyacente evoluciona, burbujea. Las marcas mundiales de antes y las de hoy no pesan igual. La física del siglo XIX estaba llena de fruta al alcance de la mano, de fenómenos fundamentales que nadie había medido ni formalizado. Hoy, rasgar el borde del conocimiento en física de partículas requiere de diez mil científicos y un acelerador de miles de millones de dólares, a cien metros bajo la frontera franco-suiza (el CERN). La fruta madura se agota y el genio solitario en su oficina de patentes en Berna es, estadísticamente, cada vez menos probable. El Einstein del siglo XXI es un cerebro colectivo.
mecánica estadística / química / biología / cognición / cultura
Lo hicieron Juana de Arco y Paralji. Paralji fue un chamán nangatara que demostró, durante la sequía de 1943 en Australia, una agencia incontenible al levantarse del polvo, cantar un mapa y guiar a su pueblo a una región con manantiales. Relatamos el episodio en otro artículo de Nuevas Ciencias.
Como su amigo Michele Besso, a quien comunicaba sus ideas al caminar a casa.



Es tranquilizante ser esa persona contraste que le da valor a las personas magníficas del mundo; o punto de referencia (“ves ese wey de ahí… dos a la derecha”)
Ya extrañaba estas delicias. Tanto qué pensar y sentir. “El Einstein del siglo XXI es un cerebro colectivo”. Indeed!