De hermanos y ancestros
La paleogenómica o cómo convertir la prehistoria en historia poblacional
Los hermanos inexistentes
Siempre me ha fascinado pensar en los cuentos perdidos de los humanos prehistóricos. Relatos reales, magníficos o miserables, vividos por personas que existieron sin tradición oral o escritura.
Durante varias semanas, a los catorce años, me contaba una película antes de dormir:
Hace sesenta mil años, dos hermanos nacían en algún lugar del Levante mediterráneo, quizá en la actual Siria. Eran parte de un grupo pequeño, digamos cien individuos, que había salido de África la generación anterior. Al ritmo de las estaciones, los hermanos crecían fuertes en aquel mundo inmenso y hostil. Aprendían a seguir huellas, a temer la noche, a distinguir frutos y amenazas.
Décadas después, por presión de otros grupos que llegaban del sur y tras una discusión que mi fantasía no detalló, los hermanos decidieron separarse. Uno partió al norte con su familia y quienes decidieron seguirlo; el otro marcharía hacia el este, con los suyos. Se despidieron con un abrazo y un gruñido reticente, cerca de un arroyo, en una escena que todavía recuerdo. Nunca se reencontraron.
En mis noches, las aventuras de sus descendientes continuaban: animales gigantes, grutas y cavernas, bosques interminables, encuentros con neandertales, chozas, batallas y entierros, aldeas y ciudades. Parte del grupo siempre echaba raíces y parte siempre decidía irse. Y había caminatas a lo largo de ríos, de glaciares, de cordilleras y de los siglos.
Casi sesenta mil años más tarde, al agonizar el siglo XV, un marinero europeo y un indígena mesoamericano se encontraban sin saberlo. Primos lejanos, hijos remotos de aquellos dos hermanos que se habían despedido antes de que existieran los mapas.
La trama era ingenua y el final feliz imposible, pero concordaba con la versión escolar de la ascendencia humana: un árbol. Cierta rama sale de África, otra se divide en el Oriente próximo, otra se asienta en Europa, otra camina hacia Asia del sur, otra a Siberia, otra hacia Oceanía, una más cruza hacia América. Los pueblos se separan, ocupan regiones, heredan lugares. Luego viene la historia para documentar los nombres y registrar las banderas.
La paleogenómica, en los últimos 15 años, hizo algo irritante con esa película que todos estábamos viendo. Encendió la luz.
Un nuevo instrumento
Durante buena parte del siglo XX, reconstruir la prehistoria humana o desmontar el andamio ideológico y étnico de la historia clásica o medieval era trabajar con sombras. Sombras valiosas como el oro pero flexibles como juncos: restos humanos, vasijas, herramientas, lenguajes y mitos.
En los años sesenta, Luca Cavalli-Sforza intentó reconstruir las grandes migraciones del pasado con las herramientas pobres pero ingeniosas de la época. Empleó frecuencias de grupos sanguíneos y otros marcadores clásicos. Décadas después, ya reunía más de cien variantes, suficientes para agrupar poblaciones a gran escala. Describió a los europeos como una mezcla aproximada de dos tercios de ascendencia relacionada con Asia y un tercio con África. El genio sin el instrumento.
Los años ochenta trajeron la secuenciación del ADN mitocondrial, que heredamos por vía materna. Mientras el ADN nuclear aparece en apenas dos copias por célula, el ADN mitocondrial existe en cientos o miles. Por eso sobrevive mejor en restos antiguos y es más fácil de obtener. De ahí salieron las primeras grandes imágenes genéticas de la prehistoria, incluida la célebre Eva mitocondrial, la antepasada común más reciente de todas nuestras líneas maternas.
En 2008, el uso de robots redujo el precio de la secuenciación del ADN y permitió que un solo investigador examinara cien genomas individuales a la vez. Los alumnos de los alumnos de Cavalli-Sforza desarrollaron técnicas para obtener información limpia, sin contaminación por ADN bacteriano o moderno. Gracias a investigadores como Svante Pääbo y David Reich, y a sus coautores, el número de genomas de humanos ancestrales aumentó de un puñado hace quince años a decenas de miles. Antes dependíamos de expertos que trabajaban en la oscuridad de la opinión y las ideologías; hoy disponemos de tanta información que produce calidad a fuerza de cantidad.
Cuando Anton van Leeuwenhoek miraba a través de los lentes que él mismo había pulido a mano, descubrió mundos de ‘animálculos’ que nadie había imaginado. Ahora, dice Reich,1 cada vez que se obtiene ADN de una región jamás muestreada, hay sorpresas similares. La gente que vivía en Malaui hace tres mil años no está relacionada con la que vive allí en la actualidad. Camerún, supuesto solar de las lenguas bantúes, tiene un perfil genético por completo ajeno al esperado. Un esqueleto del Sahara verde, de hace siete mil años, nos reveló una población entera cuya existencia desconocíamos.
No hay un solo momento en el pasado del ser humano en el que exista una población homogénea, ancestral de todos los demás.2
Reich propone una estructura para sustituir el árbol de la ascendencia humana: un entramado trenzado (a braided trellis) donde las líneas se separan en diferentes escalas, regresan a tocarse, se enroscan, se fusionan y luego se desanudan otra vez, generación tras generación, sin punto de origen único.
En la genética del ser humano, donde no existen clones, la pureza es ilusoria. La reproducción sexual es combinación, acumulación de diferencias. Variación constante sin un tronco común.
Cuando envías tu saliva a una empresa de ascendencia o linajes y te contestan que eres 12.5% irlandés, 31% ibérico, 25% norafricano, etc., te están hablando de un instante concreto. Es decir, dónde vivían tus ancestros hace quinientos o hace mil años. Pregunta dónde vivían dos mil años antes, diez mil o setenta mil, y la respuesta será muy diferente.
La isla
Gran Bretaña parece hecha a la medida para una historia de continuidad. Un adentro y un afuera. Acantilados, niebla, mar. Lugar que puede imaginarse nación antigua porque hasta el paisaje miente con solemnidad.
Durante el máximo glacial, entre hace veinticinco mil y diecinueve mil años, el frío despobló Gran Bretaña por completo. Hace catorce mil años, cuando los hielos retrocedieron, grupos de cazadores-recolectores caminaron desde el continente por Doggerland y por el antiguo istmo de Weald–Artois, que después serían tragados por el mar.
A esa población perteneció el hombre de Cheddar, fósil del Mesolítico datado de hace alrededor de diez mil años y cuyo genoma sugiere piel muy oscura y ojos claros. Vivió allí y murió allí. Es británico en el sentido más estricto de la palabra, aunque su ADN está representado solo en menos del 10% de la población actual de Inglaterra.
La agricultura y el Neolítico entraron a la isla hace 6 000 años por inmigración de grupos continentales. Sus ancestros remotos habían salido del Egeo y Anatolia, avanzando por la ruta mediterránea hasta Europa occidental.3 Su composición genética, cultura y dieta divergían profundamente de las de los cazadores-recolectores locales, a los que sustituyeron casi por completo. Mil quinientos años después de llegar a la isla, los descendientes de los primeros agricultores en Gran Bretaña erigieron las últimas grandes piedras de Stonehenge.
Cincuenta años después, hace 4 450 años, una oleada irrumpió desde el continente mientras Stonehenge gozaba su forma monumental. Eran poblaciones asociadas a la cultura del vaso campaniforme (Bell Beaker), originada hace 4 750 años en la península ibérica, y provenían del Bajo Rin.4 Entre sus ancestros se contaba el más famoso de los grupos pastoralistas de la estepa: los Yamnaya. En unas cuantas generaciones, reemplazaron 93% de la ascendencia de los grupos agricultores locales.
Hace unos tres mil años, ingresos sucesivos de celtas y otros pueblos provenientes de la actual Francia aportaron hasta la mitad de los genes de la gente de Inglaterra y Gales durante la edad de hierro. Ya en la historia escrita (y consumible en Netflix), entraron las migraciones postromanas del mar del Norte: anglos, sajones, daneses, noruegos, normandos y movimientos menores.
Lo notable, dice Reich, es que todo eso sucedió a pesar de que Gran Bretaña estaba protegida del trasiego de otras regiones. Hungría experimenta reemplazos más repentinos y más frecuentes. Italia, varios. España, otro tanto, incluyendo uno asimétrico en extremo. El Cercano Oriente, disrupción tras disrupción tras disrupción. África entera, lo mismo. La excepción son ciertas regiones de las Américas, con continuidades tan largas que sorprenden.
El ser humano premoderno vivía en una ecología del movimiento que subestimamos. Entre cazadores-recolectores actuales, las distancias cotidianas se miden en varios kilómetros diarios.5 Los Hadza caminan en promedio de seis a once kilómetros al día. En casos extremos, cazadores san del Kalahari recorrían treinta o treinta y cinco kilómetros en persecución de su presa.
Vueltas de tuerca
La paleogenómica cuenta películas nuevas y estoy adicto. El árbol genealógico de la humanidad resultó ser falso. La idea ya solo funciona como una aproximación local. Con los instrumentos de hoy, se considera que la estructura es más similar a un mosaico. Un entramado.
¿Quieres una vuelta de tuerca? La guardé para el final del filme, por supuesto. Aquí está, espero que casi sea digna de M. Night Shyamalan.
Una madre no humana nunca parió a un hijo humano.
No descendemos solo de humanos modernos. No existe -nunca existió- el punto exacto en que una población arcaica se convierte en humanidad moderna. Erectus, heidelbergensis, neandertales, denisovanos, los primeros sapiens. Todo cabe en un gradiente, en un espectro. Descendemos de un entramado entrelazado de poblaciones reproductivas que, vistas hacia atrás, se vuelven cada vez menos parecidas a nosotros sin que haya una frontera precisa donde dejen de serlo.
¿Otro giro?
Aquel marinero y aquel indígena no compartían dos hermanos remotos. Compartían miles.6 Entre sus ancestros compartían también millonrd de hermanos evolutivos: hijos e hijas de las mismas uniones sexuales ancestrales, líneas colaterales de la misma reproducción, ramas que no llegaron hasta nosotros, poblaciones que se extinguieron, linajes que se mezclaron y criaturas que no caben en la palabra ‘humano’, aunque están en la continuidad que nos produjo.
El entramado no se detiene hace cincuenta mil años, sigue extendiéndose hacia el pasado.7
Un europeo y un indígena americano comparten ancestros humanos es lo que aprendí en la escuela.
La paleogenómica me enseñó que un europeo y un indígena americano comparten... No. Tú y yo compartimos una red profundísima de billones de ancestros y parientes que se extiende mucho antes de Homo sapiens, antes de los neandertales, antes del género Homo, antes de los homininos, antes de los primates y los peces, hasta el origen mismo de la reproducción sexual en la Tierra.
Perspectiva
Envidio a los astronautas por varias razones. Desde la primera vez que salieron al espacio, relataron haber experimentado un proceso psicológico violento y repentino que los cambió para siempre: el efecto perspectiva. La fragilidad de la vida en el planeta se hace evidente: la canica verdiazul suspendida en el espacio sin luz. La disolución instantánea de fronteras: no existen los países. La pertenencia unitaria: sentimiento instantáneo de que toda la humanidad comparte un solo hogar interconectado y un destino común.
Aunque pensar en paleogenómica me huele a ecos del efecto perspectiva, no voy a predicar que todos somos hermanos. Quedó escrita allá arriba, una intuición accidental de mi fantasía. Los hermanos, tarde o temprano, desarrollan sus propias opiniones; eligen un camino y se separan. Una generación tras otra. El poder de la reproducción sexual es la combinación que genera diferencias.
Lo que digo es que la vida en la Tierra es entramado de hilos que se anudan, se desvanecen, se recombinan, se adelgazan, se cruzan sin rozarse, se bifurcan, y siguen y siguen.
Para las hermanas y los hermanos. Los reales, los imaginarios, los perdidos en el tiempo.
Muchas gracias por leernos. Si te pareció interesante o el tema te dejó con hambre de más, en unos días publicaremos su postdata. Mejor: hazte un favor y lee el libro de David Reich. Contiene ejemplos fascinantes, metodología rigurosa y conclusiones para toda la vida.
También es justo recordar lo parcial que es el ADN para explicar tu existencia y tu identidad. Hay cultura, epigenética y mucho más.
“De hermanos y ancestros” está basado en parte de la producción de David Reich y su laboratorio en los últimos años.
David Reich, Who We Are and How We Got Here: Ancient DNA and the New Science of the Human Past (Nueva York: Pantheon Books, 2018).
Dos podcasts de Reich con Dwarkesh Patel.
Su entrevista con The Well-Big Think.
Reich.
Un ejemplo del llamado colapso del pedigrí.
Segundo Reich.





Me gustó mucho, en el día a día la gente no llega a pensar en estas cosas, pero es necesario poner pausa y saber de dónde venimos.
Qué gozada de texto. El recurso de la "película" que te contabas a los catorce años convierte un tema que podría ser árido —genética de poblaciones— en algo íntimo y, al final, te lo da vuelta con elegancia. La metáfora del entramado trenzado en lugar del árbol genealógico me quedó clarísima, y lo de "una madre no humana nunca parió a un hijo humano" es de esas frases que se quedan dando vueltas días después. Me encantó además que resistieras la tentación del sermón fácil de "todos somos hermanos" y en cambio cerraras con la idea de que la reproducción genera diferencia. Mucho más honesto y más potente. A leer a Reich, entonces. Gracias por esto.